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Tesis Ph. D.

Imágenes paralelas en “La noche oscura del niño Avilés” de Edgardo Rodríguez Juliá

Autor: Nancy Rosado Camacho

Título: Año: 2006

Director: Dra. Irizelma Robles Álvarez

Categoría: Doctorado / Literatura

Calificación: Sobresaliente con recomendación de publicación

Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe

 

RESUMEN

El concepto de topos geográfico, el lugar en donde se ha nacido y con ello los detalles sobre aquella intrahistoria[1] unamuniana que apuntaba a la empresa del acontecer diario en la vida íntima de los pueblos,  es parte de lo que el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá desea mostrar en su novela de 1984, La noche oscura del Niño Avilés. De un lado, el asunto está enmarcado por datos históricamente comprobados. De otra parte adviene el mito, el deseo, la utopía de lo que no se tiene y no se es. El autor es hombre, cronista, espectador y partícipe de su exposición literaria. En ciertos instantes parece un simple narrador que se complace en contar la historia de lo que ha transcurrido en su ciudad mítica a través del registro de sus personajes-cronistas y en otros adopta un ímpetu de omnipotencia con el objetivo de ofrecer una hermenéutica isleña de su pequeño entorno.

 

En Rodríguez Juliá la historia asume un papel fundamental. Sobre ella están escritos todos los acontecimientos que mueven su discurso, la preocupación legítima ontológica tomada como cimiento para construir su obra. La historia es la dínamo, el dispositivo activo sobre el cual se plasman todas las consideraciones febriles, eróticas, político-sociales y emblemáticas de sus topos caribeños. El autor asume una pluralidad de papeles significativos. Es fehaciente receptor e intérprete de imágenes y permite que su ingenio lo transporte hacia distintas esferas del intelecto humano. Los destellos de la pintura, ese mundo gráfico que lo envuelve y lo seduce, nos interesa. Su carnalidad gestual que produce las más profundas afecciones se mueve entre lo impúdico y lo delicioso. Conduce al lector a un submundo en el que impera el desvarío y la ilusión, donde lo angelical se combina con lo demoníaco, lo cómico con lo trágico, la historia con la ficción.  Es hábil para construir toda una elaboración narrativa que se desplaza entre el mito y la historia acerca de sus raíces. La búsqueda  del origen lo sitúa en el siglo XVIII, época de luces y tinieblas, origen verdadero de la nacionalidad puertorriqueña, según el autor. Nueva Venecia es la ciudad protagónica del Niño Avilés, topos malditos,  ciudad del deseo,  lugar donde la demonología se mezcla con la brujería africana. La ciudad carece de evidencia histórica que sustente su existencia. Es hábitat de canales y mangles que originan un ambiente recargado de olores y texturas. Juliá viaja a través de los confines del siglo XVIII y absorbe el concepto del barroco,[2]  se interna en el aspecto social de su pueblo y de ahí obtiene la  utopía deseada.

 

El discurso utópico adviene de varias maneras. Ha sugerido Aníbal González [3] la presencia en el texto de una serie de “utopías” que conforman un llamado proyecto visionario de algunos de sus personajes principales: el caudillo Obatal, dirigente de la rebelión de esclavos y su nueva Torre de Babel, el obispo Trespalacios y la Ciudad de Dios, las ciudades aéreas descritas por un narrador anónimo en varios apartados de la novela, la Arcadia criolla y la Nueva Venecia. Acerca de estas concepciones utópicas, González plantea el hecho de que no están plasmadas en el texto de manera fortuita sino que hay una intención de construir una imagen acerca de cómo debería ser la realidad puertorriqueña. El modelo utópico refiere al lector a entender la realidad de Puerto Rico dada a través de varias representaciones cada una de ellas caracterizada por rasgos particulares. De acuerdo a González,  éste es el caso de la llamada Torre de Babel de Obatal considerada como una utopía de corte neoafricano, la Ciudad de Dios es una de tipo neomedieval e hispanizante, la Arcadia criolla muestra una utopía que agrupa lo criollo-blanco de la Isla y la Ciudad Aérea representaría la más pura de las utopías, es decir, una alegoría del vocablo mismo de “utopía”, que significa, “el lugar que no existe”.  Es esta suma de datos, detalles, eventos y situaciones la que precisamente forma la fisonomía histórica del Puerto Rico de Rodríguez Juliá, Isla tan maniatada como el cuerpo del Niño Juan Pantaleón Avilés. La historia, el mito, la ficción y la pintura son componentes que se quieren estudiar en esta investigación que persigue la imagen. El discurso histórico se funde con el ficticio, el pictórico y el utópico con el histórico y el mítico con la ficción, todos en marcha hacia la construcción de las diversas imágenes que se pasean por el texto. La combinación de estos discursos se plasma en una alocución cronística que configura la novela.

 

La Noche oscura del Niño Avilés al igual que otras obras que conforman la producción narrativa de autores como Alejo Carpentier, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, se coloca como parte de la novelística latinoamericana comprometida con la reinterpretación de la historia, tendencia que es característica de estos autores y que según Néstor Rodríguez,[4] pretende realizar un examen de acontecimientos del pasado que a su vez propone una correspondencia entre historia y ficción.  Es nuestro propósito revelar en esta disertación al cronista de Indias, al autor en su rol de etnógrafo que, con su catalejo y a través de sus cronistas contempla y registra todo lo acontecido en la Nueva Venecia,  el quimérico reino africano habitado por los caudillos Obatal y Mitume. Buscamos descifrar las distintas imágenes que acompañan al texto y cómo han sido delineadas. Pretendemos estudiar  la presencia del mito y justificarla como fuerza cultural en el discurso literario de Juliá.  Para ello analizaremos su interacción con la historia y la ficción en la construcción de una imagen utópica. Toda la elaboración teórica de esta investigación busca proponer un modelo para el análisis de textos similares al de Juliá que desde ya nos parece un orike, es decir, una narración épica. 

 

La tesis consta de seis capítulos.  En el primer capítulo que  hemos titulado Imágenes de la literatura puertorriqueña, tenemos como objetivo demostrar que autores como José Luis González, Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega y Rosario Ferré, entre otros, llevan a cabo el mismo ejercicio intelectual de construcción de imágenes que hace Edgardo Rodríguez Juliá.  Cada uno de ellos plantea su manera de percibir el tema de la identidad puertorriqueña. González edifica una estructura multiforme habitada por múltiples rostros que cuentan la historia de la Isla desde la colonización. Sánchez propone una imagen sonora que establece la construcción de una literatura nacional porque reproduce un mecanismo propio del Caribe: el ritmo, la guachafita.  Es la imagen de una costumbre popular la que responde a las cosas de la vida de manera que parezca chiste. No obstante, también plantea una representación etérea en la que coloca a los puertorriqueños en una casa suspendida en el aire o una guagua aérea que va de un lado para otro, en constante tránsito del “aquí”  al  “allá”, tal y como adviene la realidad colonial de la Isla.

 

La imagen culinaria de Vega responde a la utilización de la cocina y la comida como símbolos de cultura, a donde ha hecho su incursión un elemento invasor que se precisa expulsar mediante un frente común, mientras que la imagen fragmentada muestra el cuerpo como escenario de lo político y apunta a la fusión de elementos étnico-raciales de la cultura española y la africana que conforman la experiencia social puertorriqueña. Las imágenes sociales se muestran en la transformación del mundo patriarcal cafetalero en un mundo urbano. Propone Ferré una sociedad puertorriqueña que no se relaciona con el Puerto Rico de hace cuatro décadas y mantiene sus ansias de definición ya que sigue anclada en el viejo asunto de la identidad al no alcanzar en el siglo XIX, -el siglo de los nacionalismos-, la tan ansiada definición política.

 

En el capítulo segundo titulado: La imagen nacional: el reino cimarrón como representación social y cultural, se persigue el objetivo de estudiar el trasfondo histórico que da lugar a la llegada de los esclavos a Puerto Rico, el surgimiento del mundo cimarrón que es aquél que trae consigo un componente cultural arraigado a la lejana África el cual se manifiesta a través de sus creencias, bailes, música y costumbres.  Veremos cómo el autor inserta esa esfera del cimarronaje en la novela porque la intención de Rodríguez Juliá es establecer una historia apócrifa de un reino de fantasía en la Plaza de San Juan. Se verá  por qué de todo el ámbito puertorriqueño que exhibe la historia, Rodríguez Juliá selecciona precisamente al mundo cimarrón como eje central de su discurso narrativo. 

 

Lo que presenta el capítulo tercero, La imagen falseada: de la historia, el mito y la ficción, es un estudio sobre el modo en que se plantean el mito, la historia y la ficción en el texto, así como la manera en que se construye la imagen falseada que a primera instancia entendemos adviene por distorsiones o desarticulaciones de las voces oficiales que presenta la historia. Se iniciará con una discusión acerca del punto de encuentro entre la historia y la ficción, su juego de opuestos como fuerzas que buscan medirse y el modo en que adviene el mito como elemento troncal.  Se mencionarán y discutirán varios datos falseados incorporados por el autor y que debido a la extensión de la novela, hemos optado por señalar algunos de relevancia. También se realizará una aproximación a algunas definiciones que del mito han propuesto autores como Barthes, Cencilio, López-Austin, Kirk, Malinowski, entre otros y se verá cuál es la que mejor se aplica dadas las intenciones del texto.  Nuestra hipótesis acerca de la indudable presencia de la religión yoruba en el texto nos lleva a precisar que esta obra de Rodríguez Juliá, más que una novela es un orike, dato que acentúa la interpolación entre el elemento yoruba y la historia de Obatal. 

 

La imagen de una luz que entra por la ventana es la historia reafirmándose en el aposento de la utopía [5] y es que Rodríguez Juliá  traslada la relación entre historia y ficción a un nuevo espacio de revelaciones dentro de la pintura de José Campeche. A esos efectos nuestro capítulo cuarto, La imagen pictórica: del barroco al Niño Avilés, planteará la hipótesis de que el texto posee una fase pictórica ekphrásica. A esos propósitos se habrá de considerar algunas pinturas y elementos del arte barroco que se recogen en los distintos episodios de la novela.  El objetivo es determinar cómo se construye una imagen pictórica en la novela que está conformada por las pinturas de Campeche y construcciones arquitectónicas de tipo barroco. El barroco permea en la novela y por eso sostenemos como hipótesis que la novela deviene en un texto barroco.  Algunos elementos presentes en el arte pictórico del primer retratista puertorriqueño ponen de manifiesto la escisión entre historia y ficción. Se prestará atención al cuadro del niño Juan Pantaleón de Luna y Alvarado, poseedor de la mirada oscura y melancólica del Niño Avilés y de otras obras de Campeche por la relación directa con la novela. 

 

El capítulo quinto, La alteridad: la imagen del otro,  pretende estudiar los conceptos de alteridad y otredad con el propósito de plantear la aparente segmentación de los alter ego de Juliá.  El mismo asume el rol de cronista, personaje y autor.  La alteridad se presenta como un primer acercamiento del europeo en su  modo de ver al  indio y  su entorno conformado por costumbres, ritos y actividades cotidianas. Proponemos dos modos de plantear la otredad: la focalización y el discurso de la semejanza. La primera  abre el camino  para el estudio de la alteridad en tanto reúne elementos significativos como lo pueden ser: “el que ve, el que lo comunica, lo que es visto y la visión presentada”, aquellos aspectos con los cuales la figura del amerindio ha sido focalizada a través de una visión europeizante. La segunda responde a la creación de un discurso  de  la “semejanza”.  En el estudio de  las Crónicas de Indias el concepto de “comparables” muestra una nueva forma de “ver” al sujeto que ha sido recién descubierto. Se suscita una retórica de la “semejanza” que pretende interrelacionar al objeto de estudio etnográfico con otros, bajo condiciones similares. Rodríguez Juliá sería entonces el etnógrafo que mediante su oficio de cronista dirige la mirada hacia el “otro” para conocerlo.

 

Las apreciaciones finales corresponden al capítulo sexto. Realizaremos un resumen de lo planteado en el corpus de la investigación. También se delibera acerca de la preocupación ontológica que establece la semejanza entre el autor y el cronista cuya aspiración máxima deviene en una quimera: la construcción de un reino de fantasía, la Nueva Venecia. Es la hazaña noble  sobre de la fundación de Puerto Rico que a pesar de incorporar unos aspectos históricamente verificables, redunda en una subversión de la historia mediante la edificación de una ciudad mítica poseedora de emblemas que refuerzan la correspondencia imaginaria e histórica. Aunque no se dan de manera exacta, está matizada por unos elementos de acción que inciden en la trama como lo son las figuraciones cronísticas comisionadas para llevar a cabo un discurso alegórico sobre la historia de la cultura puertorriqueña.

 

En la tesis que hemos titulado, Imágenes paralelas en La noche oscura del Niño Avilés, se despunta una investigación que se propone abarcar varios temas fundamentales presentes en la novela, como lo son: la historia, el mito, la ficción,  la pintura y la utopía. Se trata de un imponente parasol que filtra distintas luminosidades. El tema que tiene lugar preferencial es el de la identidad, objeto de estudio de no pocos literatos de su generación ya que la búsqueda de la identidad puertorriqueña es la constante en sus obras.

 

De esta manera Rodríguez Juliá dota de un matiz conflictivo a la más legítima de todas sus preocupaciones: una búsqueda ontológica que en la novela redundará en la construcción de su ciudad mítica y el fracaso de su proyecto visionario. De forma abismal el autor se sumerge en el mito, con absoluta sumisión se dedica a la tarea de subvertir muy singularmente lo que para él representa la historia.[6]  Hace con ella todo lo que desea. La plantea, la interpreta, coquetea con sus detalles, la parodia y sobre ésta edifica su obra en la cual subyace con la misma intensidad, tanto impetuosos elementos prosaicos como otros legítimamente aceptables. Reluce la sensibilidad artística, el arte de Campeche como expresión de la historia de su pueblo.

 

 


[1] Martell, J. (1998). Edgardo Rodríguez Juliá: de la intrahistoria a la renuncia como escritura. Horizontes, XL (78),  pp.73-89.

[2] Rodríguez, E. (1999, 11 de julio). A view from the Mangrove. El Nuevo Día,  pp. 18-19.

[3] González, A. (1986). Una alegoría de la cultura puertorriqueña: La noche oscura del Niño Avilés, de Edgardo Rodríguez Juliá. Revista Iberoamericana, 52 (135-136), pp. 586 - 587.

[4] Rodríguez, N. (2000). Las tribulaciones del cronista: la historia como redención en La noche oscura del Niño Avilés. La Torre,  V (17),  p. 449.

[5] Rodríguez, E. (1986).  Campeche o los diablejos de la melancolía. Río Piedras: Cultural, pp. 22-23.

[6] Rodríguez, E. (1994). Mapa de una pasión literaria. Revista Estudios, 2 (4), p. 7.